lunes, 19 de mayo de 2008

El desdoblamiento de un deseo y una realidad

No existe…

Y el sueño de una noche continuó la mañana siguiente.

Ese día había despertado tan feliz, pues en sus fugaces viajes nocturnos su acompañante era J. D.***. Sí, J. D.***. Ese muchacho misterioso que le robó el alma aquella tarde de domingo, cuando fijó su mirada en el enigma del verdor de sus ojos. Nunca pudo ocultar que gran parte de sí le había sido robado en el mismo instante en el que sus miradas se clavaron y unos segundos bastaron para sentir la inquietud y el deseo de permanecer a su lado.
El inicio de semana pronosticaba la satisfacción y la temible alegría. Y es que sólo recrear el hermoso rostro en su mente le era suficiente para iluminar su día, aunque las tinieblas por siempre lo habían adornado.
Aquella mañana despertó con el brillo característico en su mirar. Desayunó, hizo algunos rituales de la cotidianidad y ―como eran días festivos navideños― volvió a la cama. Necesitaba recuperar el sueño perdido. Lo que no imaginó es que el viaje de aquella noche se prolongaría al cerrar nuevamente sus ojos y desplomarse en el letargo maravilloso del sueño de una noche que continuó la mañana siguiente.
El encuentro con el enigmático hombre la turba, la enloquece, la estremece, la excita, la condena a la pasión más extraña que ha vivido a su escasa edad. Cualquier instante que rememore su indescifrable existencia despierta el deseo en ella.
La mañana estaba predestinada a continuar el encuentro de la noche anterior. Allí estaba, nuevamente con él… Y el mundo desaparecía ante el espasmo de la muchedumbre; y sólo él habitaba el insólito territorio que se desfiguró por completo al sellarse en un efímero abrazo y un prolongado beso. El tiempo y el espacio empezaron a colmarse de la rareza que los caracteriza, a él y a ella.
Fue una tarde la de la cita preparada por el destino. Una lluvia suave y casi imperceptible inundaba la multitud de gente carente de rostro que se repartía en el lugar, y en aquel rincón y en la confusión de la neblina inexplicable que ahogaba el sitio, seguían los besos furtivos y la sensación de que todo era un sueño maravilloso al que ya no se desea despertar.
El fin aproxima su llegada. Despertó y se sentía satisfecha. Siempre que su vida girase alrededor de la de él, todo era gratificante.
En la tarde que completaba el ciclo de aquel día, platicó escasos minutos con él. Resulta extraño… Sí, extraño, pero en los viajes nocturnos gozaba por más tiempo de su compañía que en los encuentros diurnos. Al parecer el misterio de J. D.*** se agudiza cuando Isabel y él están más conscientes de lo que hacen. La inconsciencia es el momento pleno para que cada uno sea y para que sean uno.
La charla duró menos de treinta minutos. Isabel siempre estuvo acostumbrada a la rapidez y rareza que abrigan la cercanía con el enigmático hombre de ojos verdes. Aquella tarde no fue la excepción.

Nuevamente Isabel se halla en sus placenteros viajes nocturnos. Y ahora su acompañante furtivo es el otro D***. Sí, el otro D***. Ese muchacho soez que la trastorna, pero que con cada beso le devuelve la picardía de la adolescencia, de la inocencia… Su presencia la invade de una paz absoluta y su olor la traslada a espacios inimaginados. Sus huidas están llenas de besos y abrazos. De besos largos y apasionados; de abrazos cortos y fogosos.
Es ahora el otro D*** el dueño de su inconsciente y sólo el retrato de J. D.*** se desvanece en su imaginación. Su cetrina mirada estará clavada por siempre en el corazón que huye de una realidad, en un corazón que evade el desdoblamiento de un deseo que se ha vuelto uno, en ella y en él, en Isabel y la otra, en J. D.*** y el otro D***… Es el desdoblamiento de un deseo y una realidad que no existe.
Ha despertado. Finalmente, la excitación ha menguado. Seca el sudor de una noche de pasión. Se encuentra sola en la cama. Su viejo acompañante se ha ido. Su nuevo dueño se ha esfumado. Trata de hallarlo. Ya es tarde. Debe preparar el desayuno. Debe salir al trabajo. Ya el tiempo de vagar acabó. Ya el tiempo para continuar la mañana siguiente el sueño de una noche se agotó. J. D.*** y el otro han desaparecido. Isabel y la otra también. Ahora sólo yo me encuentro presa en la desilusión de saberlo.
Ahora sólo el desconcierto me turba al reconocer que los sueños de una noche no se hacen realidad, que el deseo por un hombre (o por dos ―¡qué se yo!―) se vuelve a mí y me enloquece, que una realidad dual me acusa, que esa realidad ya no existe. Me derrumbo en mi cama con una esperanza: que el sueño de esta noche continuará la mañana siguiente.

viernes, 16 de mayo de 2008

El fallido escape (primera versión, primer intento)



Hoy desea huir de mí. No sé explicar esa extraña y desagradable sensación que se apodera de mi maltrecha materia en los instantes en los que sólo desea despojarse de la tensión producida por el transcurrir del tiempo.
Hoy se sentía como un inocente reo que desea escapar justamente de la prisión: ¿por qué quiere fugarse de su sempiterna guarida terrenal? ¿Por qué huye del regazo que le ha permitido refugiarse de los males de esta viciosa vida? ¿Por qué separarse de la tortura de ser prisionera?
La tarde de hoy fue ideal para concretar la huida. La tarde conspiraba con sus ansias para despojarse completamente de mí. La tarde era perfecta para experimentar por más de unos minutos la sensación de salir y regresar… Salir y regresar como casi todas las noches… Noches que aprovechaba mientras dormía con la presión de mi espalda sobre la cama… Y su momento ideal era en la oscuridad… Ignoraba que sentía aún más sus agitadas salidas y entradas, porque el silencio nocturno procuraba la plenitud de los demás sentidos…
Una de esas noches se trasladó a ese lugar oscuro que le impedía observar lo que a su alrededor se hallaba. La sensación de éxtasis y confusión era impresionante. La sensación de libertad y prisión colmaba de dolor el agobio del encierro… Sentía levitar su ya incorpórea presencia. Y el ruido de los otros era angustioso… Y los gritos empezaron a agudizarse: la huida se reiniciaba para el encierro…

Hoy fue escogido como la oportunidad perfecta para nuevamente despojarse del cuerpo que la captura forzosamente hasta producir la asfixia del hastío, de la desolación, de la vacuidad…
Inesperadamente, no necesitaba estar consciente del acto que consumaría a medias unos minutos más tarde. Al fin sentí salir, sin dolor, sin ese ensordecedor y enloquecedor silbido que trastorna la inconsciencia humana.
Todo permanecía igual: el reloj del reproductor de música, la otra cama, el resplandor que traspasaba la débil cortina de la ventana, la puerta entreabierta… sólo algo no sentía: el viento acariciar su inexistencia física…

No sé precisar cuánto tiempo estuvo fuera, sólo sé que ya el reloj marcaba las 2: 06 pm, cuando todo volvió a la rutina. Mis ojos únicamente fijaron su horizonte en los 4 minutos que habían transcurrido desde la primera salida consciente.

lunes, 12 de mayo de 2008

Y aquí estoy…

A un hombre que no existe…

Y aquí estoy postrada en mi cama,
entregando un pensamiento más a ti,
a la soledad de una cama vacía, fría e inerme.
Y aquí estoy envenenándome con las benditas palabras
que se unen en una melancólica melodía
que hace que mis ojos se humedezcan
ante los recuerdos inexistentes de lo que no ha sido ni será.
Y aquí estoy haciendo trizas los añicos
en los que ya mi deshecho corazón aún late,
quizá al compás de una ilusión que no muere.
Y aquí estoy inerte ante el deseo sedado por ser tuya una y otra vez,
por primera y siempre vez.

La noche más triste



La noche más triste fue muy parecida a aquella en la que te estaba enterrando, apareciste con tu siempre velo de enigma y yo cedí a la necesidad de tus palabras, de tu cercanía inexistente, de tus deseos por otra. Yo decidí días anteriores no precisamente ocupar el puesto de aquella princesa, sino ser OTRA PRINCESA que ya no siente decepción, mas sí un gran amor inmensurable... Quizá no tanto como el que le tengo a Dios, pero sí tan fuerte e indestructible.
La noche más triste fue aquella en la que descubrí que la esperanza había muerto y solo la ya inalcanzable posibilidad de ser tuya me devuelve un poco de aliento. Sé que regresarás pronto a la vida, tal vez no ahora, pero volverás, y ya esa esperanza difuminada podrá ser recompensada con la dicha de lo imposible materializado por la mano de nuestro Padre.
La noche más triste lloré por una paradójica felicidad y emoción que duele; de ese dolor que no se siente.
La noche más triste confesé mi amor a ti y siento que desde ese día morí, porque solo la fe de creer en un NUESTRO AMOR me mantenía viva. Ahora soy nuevamente la mujer que no siente, la mujer que no llora, la mujer cuyo corazón no late al compás de ningún otro, la mujer que aniquiló el deseo, la mujer que no quiere herir, que no quiere herirse, pero si ya no siento, ¿cómo puedo desear no lastimar ni lastimarme?
La noche más triste se cerró con una ilusión extinguida, con una fe derrumbada, con un ser humano que no ha llegado a ser mujer, porque nuevamente le has negado la dicha de ser en ti UNA Y PARA SIEMPRE.
La noche más triste he vuelto a partir detrás de otra muerte distinta, la que me conduce a una senda recorrida, y no te imaginas cómo tu rostro se pasea en cada suspiro que se escapa entre lágrimas, y no te imaginas cómo el calor de tu cuerpo se siente.
La noche más triste por vez primera sentí un extraño calor, no sé si el de tu alma que voló hasta mi lar para consolarme; solo sé que extendí mis brazos e ideé tu cuerpo reposando sobre el mío, y solamente mi boca halló consuelo en tu frente.
La noche más triste descubrí que amar es distinto cuando se calla, distinto a cuando se dice. No sé si algún día podré descubrir qué tan diferente sea AMAR AMÁNDOSE.
En la noche más triste un secreto más quedó encerrado en mi alma y carezco del valor para enfrentarlo ante ti; mi debilidad pudiera ser impactante ante tu rudeza; mi secreto puede cambiar la historia.
La noche más triste debe morir aquí, en este sitio
bendito por mis palabras.